domingo, enero 20, 2019

Cuando Colón salvó la vida gracias a un eclipse.



Un capítulo de la historia muy vinculado a los eventos astronómicos, muy extendido en los libros de astronomía tuvo que ver con la difícil situación que enfrentaron Cristóbal Colón y sus expedicionarios en tierras americanas durante su cuarto viaje hacia el año 1503.

Pero antes de entrar al anecdotario vale relatar que la historia no tendría un final feliz para los españoles si no fuera por la inestimable aportación de un erudito alemán de nombre Johann Müller von Königsberg, también conocido como Regiomontano (Regiomontanus en latín). Nacido en 1436 fue un niño prodigio de las matemáticas que entró a la universidad de Leipzig a la edad de once años. Sus trabajos astronómicos fueron extensos, pero uno de sus decisiones más trascendentes fue emplear la recién inventada imprenta de Gutenberg como un recurso para divulgar información. Así fue como publicó varios textos científicos, con diagramas muy precisos. Tal vez el más famoso de todos fue su “Kalendarium”  el cual cubría los eventos a ocurrir del año 1475 al 1506. Las tablas astronómicas incluían detallada información sobre el sol, la luna y los planetas, así como las más importantes estrellas y constelaciones con las cuales navegar. Por ello se convirtieron en obras de suma importancia para cualquiera que se aventurara a mares desconocidos en búsqueda de nuevas fronteras. Se dice que Cristóbal Colón y Américo Vespucio llevaban su propia copia de las efemérides de Regiomontanus en sus viajes.


Y precisamente en ese cuarto y aciago viaje al nuevo mundo, Colón buscaría el paso hacia el mar que llevara a los españoles hacia las tierras de Oriente (empresa fallida, puesto que el descubrimiento del Océano Pacífico no llegaría hasta diez años después por Vasco Núñez de Balboa). Sin embargo, lo reducido del presupuesto y el mal estado de las embarcaciones hizo que la exploración tuviera que acortarse para buscar desesperadamente llegar a la isla La Española. Colón había partido con cuatro embarcaciones, las carabelas la Capitana y la Santiago, y dos naos, el Gallego y el Vizcaíno. Las naves se vieron afectadas por una especie de gusanos que pudrían la madera hasta dejar a las embarcaciones  en estado innavegable. Las tripulaciones tuvieron que trasladarse a las otras dos embarcaciones. Llegó un momento en que a las naves el agua casi les llegaba a cubierta. La tripulación se turnaba día y noche para achicar el agua con las tres bombas de abordo e innumerable cantidad de calderos. Finalmente Colón tomó la decisión de embarrancar las naves en la bahía de Santa Gloria de la isla de Jamaica y apertrecharse para cualquier ataque de los indios del lugar. Era el 25 de junio de 1503.

Colón envió a tres marinos en una barca hacia la isla La Española para pedir auxilio. Mientras, entabló amistad con los indios del lugar tratando de establecer un trueque de baratijas por alimentos. Muy necesario porque las reservas de la tripulación estaban agotadas, y las que quedaban ya estaban en muy mal estado. Colón esperaba que eso ayudara a darles tiempo mientras el Gobernador Ovando de La Española mandaba un navío de rescate por los náufragos. Sin embargo, Colón ya no era tan apreciado como en sus primeros viajes, y la expedición de rescate tardaría un año en partir. Con tanto tiempo transcurrido, a los españoles se les acabaron los cascabeles y cuentas de vidrio con los cuales comerciar por granos, conejos o pan que los indios les proveían.  Además las relaciones con los indios se complicaron cuando un grupo de marinos rebeldes se escaparon, y tras un fallido intento de hacerse a la mar en canoas de los indígenas, terminaron sobreviviendo del pillaje a los indios. Ante estos hechos, y la falta de mercancía para trueque, los indios dejaron de surtir de alimentos al grupo de Colón.

Eclipses registrados en el Calendario Regiomontanus
En el momento más desesperado, el navegante genovés se percató que en el calendario del Regiomontano señalaba un eclipse de luna para el 29 de febrero de ese año, 1504. Aprovechando dicho conocimiento, y con la fecha próxima, convocó al líder cacique de los indígenas y le recriminó a nombre de Dios el poco cuidado que tenían de surtirlos de alimentos. Le sentenció que Dios los castigaría con una grandísima hambre y peste, y que para muestra de su enojo divino les mandaría al tercer día una señal del cielo. Indicó a los indios que observaran dicha noche la salida de la luna, llena de la ira de Dios.

Es de esperar que los indígenas regresaron con una mezcla de miedo e incredulidad con esa advertencia, pero sin duda la semilla de la incertidumbre  les quedó depositada en su subconsciente. Cuál sería su sorpresa cuando al tercer día la luna salió por el horizonte, grande y con un tono rojizo de intensa furia.


Relata Don Fernando Colón, hijo del Almirante, que los indígenas regresaron dando alaridos y suplicándole a Colón que intercediera por ellos ante su Dios para que aplacara su furia y los perdonara. A cambio, gustosos proveerían de alimentos a los náufragos españoles. Colón aceptó interceder ante su Dios, e indicó que se retiraría a sus aposentos por cincuenta minutos para hablar con Dios. No obstante, lo que realmente hizo, fue medir con un reloj de arena el tiempo que durarían las fases del eclipse, según el almanaque del Regiomontano. Cuando calculó que la fase de totalidad del eclipse empezaría a ceder, Colón apareció nuevamente ante los indígenas para decirles que Dios los había perdonado y que poco a poco la Luna recuperaría su luminosidad habitual. De esa manera, Colón y los náufragos españoles lograron sobrevivir con alimentos provistos por los indígenas hasta el arribo de una carabela de rescate desde La Española, el 29 de Junio de 1504.


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